AUTORRETRATO, Leonora Carrington, 1936Hoy he sido la primera en entrar al supermercado. Ha sido triunfal. Épico. Como si la meta gastronómica tuviera más sentido que la olímpica.
A ella le gusta desayunar tarde y con periódicos. También con café y mermelada de fresa. Yo prefiero - por erótica- la de arándanos, mora o frambuesa.
Desayunamos en silencio. Leo en la camiseta de Agustín Fernández Mallo: “Houston, tenemos un poema” y siento un escalofrío. Recuerdo en ese momento el comienzo de un relato de la violinista chilena Isabel Mellado: Fui a comprarme un abrazo a las rebajas pero no tenían mi talla, sólo había uno rosado y tupido que me quedaba ancho.
En Radio Nacional de España, Juan Ramón Lucas dice lo que otros comentan: que el Apocalipsis ha llegado a Japón. A mí me entra la risa. Son los nervios, creo yo.
Me ducho con agua templada y manos frías. No me seco el pelo. No lo aliso. A J. le gusta rizado, que el tirabuzón recién nacido caiga sobre las cejas negras tupidas. Como si fuera Leonora Carrington y pintara cuadros con las pestañas.
Escribo frases de amor repletas de puntos. Soy una cirujana que se dedica a cerrar heridas. También cierro el frigorífico y tarareo una canción de Standstill mientras cocino una bandeja de carne (…me voy a inventar un plan para escapar hacia delante. Ven. Sabes que esto es lo único importante, sabes que no es lo mío suplicarte. Pero ven. ¡Adelante Bonaparte!, que vamos tarde…) Y las lágrimas se mezclan con las letras, con el pavo y las zanahorias. Lo entierro todo en la cazuela y que se cocine a fuego lento…
A cualquiera hoy le llaman héroe. A cualquier le dicen: ¡valiente!
A ella le gusta desayunar tarde y con periódicos. También con café y mermelada de fresa. Yo prefiero - por erótica- la de arándanos, mora o frambuesa.
Desayunamos en silencio. Leo en la camiseta de Agustín Fernández Mallo: “Houston, tenemos un poema” y siento un escalofrío. Recuerdo en ese momento el comienzo de un relato de la violinista chilena Isabel Mellado: Fui a comprarme un abrazo a las rebajas pero no tenían mi talla, sólo había uno rosado y tupido que me quedaba ancho.
En Radio Nacional de España, Juan Ramón Lucas dice lo que otros comentan: que el Apocalipsis ha llegado a Japón. A mí me entra la risa. Son los nervios, creo yo.
Me ducho con agua templada y manos frías. No me seco el pelo. No lo aliso. A J. le gusta rizado, que el tirabuzón recién nacido caiga sobre las cejas negras tupidas. Como si fuera Leonora Carrington y pintara cuadros con las pestañas.
Escribo frases de amor repletas de puntos. Soy una cirujana que se dedica a cerrar heridas. También cierro el frigorífico y tarareo una canción de Standstill mientras cocino una bandeja de carne (…me voy a inventar un plan para escapar hacia delante. Ven. Sabes que esto es lo único importante, sabes que no es lo mío suplicarte. Pero ven. ¡Adelante Bonaparte!, que vamos tarde…) Y las lágrimas se mezclan con las letras, con el pavo y las zanahorias. Lo entierro todo en la cazuela y que se cocine a fuego lento…
A cualquiera hoy le llaman héroe. A cualquier le dicen: ¡valiente!
