
Recuerdo aquellos besos sonoros, casi crujientes que me dabas. Me gustaría explicarte lo que significaron. Pero vuelvo a quedarme en blanco. Después, escribo: todo. Y es el único modo en el que sé revelarme. He incendiado alguna vez que otra el aire con un grito que se llamaba como tú. Esas cuatro letras exactas. Ahora escribo y me pregunto para qué. Viene a mi mente esa sentencia de María Moliner que tanto me consuela: “Escribir es defender la soledad en que se está”. Y yo me defiendo con las pocas uñas que me quedan de tanto morderlas y con los dientes menos alineados de lo que me gustaría. El caso es que ahora escribo. Y tampoco me olvido de aquella frase ancestral de otra rara película del señor Lynch, del señor Misterio: Dick Laurent ha muerto. Ay, todavía los vellos se (e)rizan cuando la memorizo. Lo importante de todo esto es que ahora escribo y también bebo una copa de vino. Porque tú ya lo sabes: el vino no es alcohol, el vino es literatura.
