14 octubre 2010

LOST IN NEW YORK (III)


Suspendida, bloqueada, pasmada, aturdida y enajenada. Así has desfilado estos días por las calles de Barcelona. Sin encontrarte a nadie en la vuelta de la esquina. Precisamente porque las esquinas que has recorrido no tienen vuelta ni revés. Son de una única dirección interminable, indefinible. Cada noche mirabas la oscuridad y recordabas aquellas palabras de Mark Rothko: Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro de ella. Porque lo que a ti te atrae es ese modo de mirar entre los millones posibles modos de mirar del universo. Ese modo. Sólo ese. Eres lo que has visto. Eres las escaleras de la casa de Truman Capote una sofocante mañana de septiembre en Brooklyn cuando creíste que estabas siendo filmada desde uno de los balcones que dan al río Hudson en los que soñaste que te despertabas muy temprano después de un vendaval de sábanas. Eres el niño que estaba sentado en esas escaleras y que parecía que nunca iba a moverse. Eres ese niño que tal vez fuera el propio Truman en una suerte de viaje temporal que no te crees. Eres las hojas de ese árbol que enmarcan las escaleras en las que Truman Capote se sentaba e intentaba memorizar el abecedario. Algo que nunca consiguió.