Vuelves de Nueva York. Regresas al trabajo. La mesa repleta de libros. Comienzan las obligacions. La lectura. Las emociones. Te llama la atención la portada de un nuevo libro de Periférica titulado A toda vela de Clifford Henry Benn Kitchin. Lees algo que conecta directamente con el final de tu anterior post: "Siempre parece que acabo de hacer algo o que estoy a punto de hacer algo. Nunca parece realmente que esté haciendo algo". Esa sensación te domina desde que volviste de NY, como si todo hubiera quedado suspendido, como si te hubieras fragmentado en pedazos inservibles. Algunos piensan que has vuelto tranquila, con las cosas claras. Te preguntas si alguien tiene de verdad algo claro a lo largo de su vida. Desconfías de la gente que no duda. Del mismo modo, desconfías de aquellas personas que jamás ceden su asiento en el transporte público, que no se planchan la ropa o que llevan los zapatos sucios. Manías. Estúpidas y bobas manías de chica fragmentada. De un fragmento de chica. De un ojo. De una boca. De otro ojo. Pedazos. Heridas. Hoy has sacrificado tus tobillos porque no has podido resistirte y has necesitado estrenar tus nuevos zapatos de NY, aquellos que te probaron como si fueras la cenicienta urbana. Y en efecto, ha surgido la herida. La infección. Los trozos de carne. La fragilidad de un tobillo. La fragilidad de un cuerpo que, según te dicen, cada vez pesa menos. Tú lo intentas saciar de misterios pero no suele dar resultado. Todos acaban saliendo. Mientras tanto, buscas en los recovecos de tu lengua el sabor de la mejor tarta de queso que probaste en Brooklyn. Por si algo queda. Por si te acuerdas. Quizás así puedas recordar los otros sabores que aún se esconden. Los que ya nunca nacen.
09 septiembre 2010
LOST IN NEW YORK (II)
Vuelves de Nueva York. Regresas al trabajo. La mesa repleta de libros. Comienzan las obligacions. La lectura. Las emociones. Te llama la atención la portada de un nuevo libro de Periférica titulado A toda vela de Clifford Henry Benn Kitchin. Lees algo que conecta directamente con el final de tu anterior post: "Siempre parece que acabo de hacer algo o que estoy a punto de hacer algo. Nunca parece realmente que esté haciendo algo". Esa sensación te domina desde que volviste de NY, como si todo hubiera quedado suspendido, como si te hubieras fragmentado en pedazos inservibles. Algunos piensan que has vuelto tranquila, con las cosas claras. Te preguntas si alguien tiene de verdad algo claro a lo largo de su vida. Desconfías de la gente que no duda. Del mismo modo, desconfías de aquellas personas que jamás ceden su asiento en el transporte público, que no se planchan la ropa o que llevan los zapatos sucios. Manías. Estúpidas y bobas manías de chica fragmentada. De un fragmento de chica. De un ojo. De una boca. De otro ojo. Pedazos. Heridas. Hoy has sacrificado tus tobillos porque no has podido resistirte y has necesitado estrenar tus nuevos zapatos de NY, aquellos que te probaron como si fueras la cenicienta urbana. Y en efecto, ha surgido la herida. La infección. Los trozos de carne. La fragilidad de un tobillo. La fragilidad de un cuerpo que, según te dicen, cada vez pesa menos. Tú lo intentas saciar de misterios pero no suele dar resultado. Todos acaban saliendo. Mientras tanto, buscas en los recovecos de tu lengua el sabor de la mejor tarta de queso que probaste en Brooklyn. Por si algo queda. Por si te acuerdas. Quizás así puedas recordar los otros sabores que aún se esconden. Los que ya nunca nacen.
05 septiembre 2010
LOST IN NEW YORK (I)
Escribir a propósito de New York no tiene ningún mérito. Sólo resulta excitante si lo recuerdas. Has pasado siete días en una ciudad en la que apenas has dormido; en la que has bebido una cerveza que se llamaba Stella y te hacía cosquillas en la garganta, como si la mujer a la que da nombre te acariciara el cuello; has vivido en un piso en el que contabilizaste doce trampas para roedores y, sin embargo, aunque les ofrecieras queso, nunca aparecieron; una ciudad en la que encontraste una biografía de Rimbaud en el bar donde desayunaste siete veces bagels con crema de queso; unas tiendas en la que las dependientas te ponían los zapatos como si fueras una cenicienta urbana y luego te invitaban a New Jersey porque allí las tasas -y otras preocupaciones cotidianas- no existen.
Una ciudad en la que no hiciste el amor pero estuviste a punto de…
Una ciudad en la que no hiciste el amor pero estuviste a punto de…
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