29 julio 2010

ONETTI, ESCRITOR SIN PISCINA

JUAN CARLOS ONETTI

Eres de esas personas capaz de desnudar un melocotón en una sola tira. Aún así, nunca te has visto demasiado beneficiada por este inútil talento.

Piensas en esta aptitud cada mañana que mondas tu melocotón en la orilla de la playa (por cierto, qué cosa tan extraña es el mar, ¿pero acaso es menos extraño el cielo?). La fruta playera es una tradición veraniega que sólo puede equipararse a las siestas de sofá mientras un grupo de jóvenes pedalean sin cesar por la televisión.

Y es que el verano bosteza, se despereza, se aburre. Tú aprovechas e imaginas para ti una nueva piel, como Onetti hace con el Doctor Díaz Grey o Arce en "La vida breve".

¿Y si Evita Duncan fuera únicamente el nombre detrás del cual se esconde la protagonista que se abandona a la tristeza perfecta que salta hacia ella desde un rincón del cuarto? La protagonista de una novela de Onetti, de Cheever, de Chandler. La protagonista, al fin y al cabo, de algo. De alguien.

Pero no. Evita Duncan es solamente una de los lectores que han zigzagueado los límites del llanto cuando leía a Onetti:

Usted me vio desnuda, medicucho, usted debió tocarme para evitar que yo ahora sea una madre para usted. Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas.

Onetti era un tipo especial, un señor que empleaba bisturís en vez de plumas para explicar a sus personajes. A uno de sus nietos, le daba un vaso y le decía: vaya a sacarle un litro de sangre a su tío Fulano y me lo trae. Entonces fingía que se lo bebía.

Piensas que hubiera sido hermoso que Juan Carlos Onetti fuera tu abuelo. Entonces tú descubrirías sus diarios secretos que guardaría debajo de esa cama de la que no se levantó en los últimos años de su vida.

Si yo hablo y tú comprendes todo, no vas a entender lo que yo podría desear que entendieras. Para que me entendieras, realmente, tendrías que estar tan enfurecido, que te sería imposible entenderme.

Quizás el secreto resida en que no entiendas nada, en que no te enfurezcas demasiado. En que inaugures un nuevo día cada quince minutos.

Onetti, escritor sin piscina. Onetti, escritor que a través de “La vida breve” consigue que te borres.

Así que mientras el verano bosteza y el té con limón al que te aficionas cada mediodía se termina, te convences de que la lectura de Onetti hará que te equivoques mejor en próximas ocasiones. Seguirás sin tener nariz para oler la primavera pero te asegurarás de tener cerca a un Julio Stein que remiende tus heridas.

Algo te pasa –dijo Stein-. Supe enseguida que estabas triste y con el género sucio de la tristeza, el género que puede aliviarse con la compañía.

¿Qué persona triste pasaría la tarde entera en la piscina?

20 julio 2010

LA IMAGINACIÓN SE LO IMAGINA TODO


La imaginación se lo imagina todo.


Eso, por lo menos, es lo que uno de los personajes de Monsieur Pain afirma sin inmutarse.


La imaginación se lo imagina todo.


Tu imaginación, sin ir más lejos, está segura de que tienes incrustados en las costillas unos gritos que, agazapados, sobreviven del mejor modo que saben en tu convulso cuerpo. Tu imaginación se imagina que son gritos aterradores, desesperados y liberadores. En definitiva, que existe una ingente variedad de alaridos que no han tocado el aire que te rodea.


Tu imaginación ha reparado en ellos esta mañana: estabas en la playa y te has acostado sobre la arena para dejar que algunos de los rayos optimistas del sol hicieran mella en tu deprimido cuerpo. Has observado cómo se perfilaban tus costillas y tu imaginación te ha susurrado al oído que no te hicieras la despistada, que sabías perfectamente que esos pequeños bultos que tú achacas a una heredada complexión de nadadora, son precisamente los gritos reprimidos, los que nunca efectúas, los que algunas personas esperan de ti. Los gritos que a menudo únicamente lloras.


La imaginación se lo imagina todo.


Has vuelto a Monsieur Pain y te has reencontrado con Roberto Bolaño. Has pensado que sus lecturas son algo así como enamorarte de nuevo precisamente el día que has afirmado que no sabías si alguna vez podrías amar más y mejor. Como ese amor que no decrece.


Y es que uno ha de ser muy salvaje para llamar al médico mesmerista que protagoniza tu libro y que debe curar de hipo al poeta César Vallejo, Monsieur Pain; es decir, Señor Dolor. ¿Quién de vosotros dejaría que le curase un tipo que se apellidara Dolor?

16 julio 2010

HITO-MITO

Costa Brava (E.D., Julio'10)


Eres de esas personas que no sabe la diferencia exacta entre hito y mito. Aún así, la vida no te ha tratado demasiado mal.

Estos días, sin ir más lejos, te preguntas si el triunfo de la selección española de fútbol –que ha logrado que en algunos balcones catalanes ondee la bandera española- es un mito o un hito. No es algo que te quite el sueño, pero sí ocupa tus horas muertas en los viajes de metro.

Durante tus vacaciones piensas más. Que no quiere decir mejor. Hoy, por ejemplo, en La Central, abriste un ejemplar de "Las Flores del mal" de Baudelaire y leíste:

“Aunque tus cejas perversas te den un aspecto extraño, y muy distinto de un ángel (...)”

Desde entonces no haces otra cosa que cuestionarte las cejas ajenas. Mejor dicho, la condición moral de las cejas que te rodean. En realidad, siempre has optado por ignorarlas pero hoy te cuestionas si las cejas literarias de Baudelaire serán un hito o un mito. También estás convencida de que existe una armonía secreta entre los alimentos que consumimos y las lecturas que hacemos.

“Le gustaban las novelas victorianas. Era la única clase de novelas que una podía leer mientras se zampaba una manzana.”
(La hija de Robert Poste)

¿A qué se refiere exactamente Stella Gibbons? ¿A que si te atragantas con una manzana en el final de "Cumbres borrascosas" existe un riesgo menor de morir en el intento de extraer el trozo de fruta apresado en tu garganta?
Tal vez.

Pero no deja de sorprenderte que estos días de hastío y tedio desmesurado, tú los has pasado reflexionando a propósito de los hitos o los mitos que conoces, de la posible perversidad de las cejas extrañas y de qué comerás estos días cuando leas "2666" por segunda vez.
Menos mal que no eres andaluza y te comes las “s” cuando hablas. De esta manera, además de tener la cabeza ocupada por palabras, tendrías el estómago repleto de letras.

03 julio 2010

SOY UNA RUSA

LEÓN TOLSTOI y SOFÍA ANDRÉIEVNA TOLSTAIA

¡Jabalí, jabalí, jabalí! – la escuchas desde la habitación.

Empieza por J –dice el joven presentador del concurso-.
Mamífero paquidermo, bastante común en los montes de España, que es la variedad salvaje del cerdo.

¡Jabalí, jabalí, jabalí!

Sonríes desde la habitación y piensas que un día deberían darle algún premio a ella, la valiente que se enfrenta cada tarde al rosco del concurso de las palabras. Con más valentía que la de aquel seductor que inició una huelga de besos por haberse enamorado.

Escuchas su voz en el comedor mientras lees en la habitación:

Hay palabras que se pueden coger con las manos. Y algunas se pueden llegar a oler… Por ejemplo: “sartén”. No me gusta decir “sartén”, porque siempre que lo hago la habitación se llena del humo que desprende el aceite.

Lo dice Susanna, la protagonista del libro de Gertrud Kolmar que Errata Naturae acaba de publicar con una preciosa
ilustración de David Sánchez en su portada.

Tras leer las palabras de Susanna, te das cuenta de que un denso olor a carne braseada ha inundado la habitación en la que lees. Como si después de que ella le gritara “jabalí” al presentador de Telecinco, la casa hubiera sido ocupada por habitantes de una aldea de la Galia a punto de comenzar su banquete.

En realidad, si pudieras aprender un idioma, no sería el galo sino el ruso. De hecho, estás convencida que de tanto leer a Tolstoi, te has vuelto una rusa. Has aprendido únicamente tres palabras:

любовь, вино, книги.

Amor, vino, libros.

La intensidad rusa. Las mujeres rusas. Rusa como Sofia Tolstaia, la mujer de León, que en una pequeña habitación pasó incalculables inviernos copiando en limpio las novelas de su marido. La madre rusa de Tolstoi que dió a luz a sus cinco hijos en un diván de cuero negro, como si además de parir estuviera asistiendo a una sesión psicoanalítica. El amor ruso. El frío ruso. El frío amor ruso que secciona todo lo que toca, de la misma forma que el viento ruso parece contener unas minúsculas cuchillas que te cortan los labios.

Amor ruso como el de Viktor Shklovski y Elsa Triolet en el Berlín de los años 20. Lo último que Viktor esperaba durante su exilio alemán era enamorarse. Sin embargo, lo hizo. Elsa no le ama, pero es su amiga. Él quiere escribirle pero ella le prohíbe que esas cartas sean de amor. Así que él le escribe una carta cada día. Va a su casa, se la entrega en mano y espera paciente -
valiente- en una silla a que acabe de leerla.

NOVENA CARTA

Me has dado dos encargos:
1) No telefonearte. 2) No verte.
Así que ahora soy un hombre ocupado.
Hay un tercer encargo: no pensar en ti. Pero ese no me lo has confiado.


Te vas a dormir no sin antes proponerte dos encargos a lo Shklovski:


1) No convertirte nunca en una cobarde Elsa Triolet a la que le asuste que le escriban de amor.
2) No dejar nunca de ser una rusa, después de todo lo que te ha costado.