Piensas en esta aptitud cada mañana que mondas tu melocotón en la orilla de la playa (por cierto, qué cosa tan extraña es el mar, ¿pero acaso es menos extraño el cielo?). La fruta playera es una tradición veraniega que sólo puede equipararse a las siestas de sofá mientras un grupo de jóvenes pedalean sin cesar por la televisión.
Y es que el verano bosteza, se despereza, se aburre. Tú aprovechas e imaginas para ti una nueva piel, como Onetti hace con el Doctor Díaz Grey o Arce en "La vida breve".
¿Y si Evita Duncan fuera únicamente el nombre detrás del cual se esconde la protagonista que se abandona a la tristeza perfecta que salta hacia ella desde un rincón del cuarto? La protagonista de una novela de Onetti, de Cheever, de Chandler. La protagonista, al fin y al cabo, de algo. De alguien.
Pero no. Evita Duncan es solamente una de los lectores que han zigzagueado los límites del llanto cuando leía a Onetti:
Usted me vio desnuda, medicucho, usted debió tocarme para evitar que yo ahora sea una madre para usted. Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas.
Onetti era un tipo especial, un señor que empleaba bisturís en vez de plumas para explicar a sus personajes. A uno de sus nietos, le daba un vaso y le decía: vaya a sacarle un litro de sangre a su tío Fulano y me lo trae. Entonces fingía que se lo bebía.
Piensas que hubiera sido hermoso que Juan Carlos Onetti fuera tu abuelo. Entonces tú descubrirías sus diarios secretos que guardaría debajo de esa cama de la que no se levantó en los últimos años de su vida.
Si yo hablo y tú comprendes todo, no vas a entender lo que yo podría desear que entendieras. Para que me entendieras, realmente, tendrías que estar tan enfurecido, que te sería imposible entenderme.
Quizás el secreto resida en que no entiendas nada, en que no te enfurezcas demasiado. En que inaugures un nuevo día cada quince minutos.
Onetti, escritor sin piscina. Onetti, escritor que a través de “La vida breve” consigue que te borres.
Así que mientras el verano bosteza y el té con limón al que te aficionas cada mediodía se termina, te convences de que la lectura de Onetti hará que te equivoques mejor en próximas ocasiones. Seguirás sin tener nariz para oler la primavera pero te asegurarás de tener cerca a un Julio Stein que remiende tus heridas.
Algo te pasa –dijo Stein-. Supe enseguida que estabas triste y con el género sucio de la tristeza, el género que puede aliviarse con la compañía.
¿Qué persona triste pasaría la tarde entera en la piscina?




