24 junio 2010

HULA-HOOP


Cada día te reprochas no haber aprendido nunca a hacer girar el hula-hoop. De pequeña te fascinaban esas amigas que fabricaban ondas perfectas alrededor de sus cinturas. Y casi caías en un éxtasis sagrado cuando conseguían hacerlo girar únicamente con el cuello. Recuerdas haber vencido tus ancestrales temores a visitar el circo, sólo por ver de qué extraordinaria manera las contorsionistas eslavas hacían girar diez aros a la vez en cada una de sus cuatro extremidades.

Estas convencida de que si hubieras sido capaz de hacer girar un hula-hoop en tu cintura en sólo una ocasión y durante más de un segundo, tal vez, serías una mujer más completa.

No ha sido así y tampoco existe ninguna razón para que te alarmes ahora, a tus veintisiete años.

Hoy has leído que es una auténtica mala pata que con el cabello alborotado queden bien tan pocas cosas. ¿También se referirán al hula-hoop? Hay pequeños misterios que te hacen sonreír cada día: el del hula-hoop es uno de ellos. También te preguntas dónde irán a parar, en qué remoto país habitarán todos esos calcetines que no vuelven a encontrarse con su pareja. Son rupturas que no por cotidianas dejan de ser trágicas y dolorosas. Casi tanto como la del padre y el hijo que protagonizan el último libro que has leído: “Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente.

Mantener una herida puede ser rentable desde un punto de vista artístico. Pero sólo los muy fuertes, o quienes han recibido un gran daño, aguantan toda la vida con ella abierta.

Anoche fue San Juan. Noche mágica, te dicen. A ti no te hace falta un calendario marcado en rojo porque, inmerecidamente, te suceden noches asombrosas que lo son porque nunca fueron supuestas o imaginadas.

Quizás lo del hula-hoop, finalmente, no tenga tanta importancia.

12 junio 2010

GEFIROFOBIA

PONT DES ARTS, París

Esta mañana te han regalado un pequeño cuaderno de Las tiendas del Aeropuerto en cuya portada puede leerse:

- Escribe tu historia.
- El libro en blanco.

Abres la primera página y escribes:



Viajar con tacones no debe ser tan sencillo pero piensas que con estos zapatos que hoy estrenas, tal vez, seas más valiente para cruzar algunos puentes. Pero, ¿qué puentes? El otro día recordaste a aquella chica gefirofóbica que tenía los ojos tristes. Tanto como las piedras, de las que sólo podemos decir que son grises. Aquella chica tenía fobia a cruzar los puentes. Sólo lo hacía si tú le dabas la mano.

Vuelves a abrir el cuaderno y escribes el comienzo de Rayuela.





¿Hay acaso un puente más literario que el Pont des Arts? ¿Cruzarás algún día con ella este puente? Mientras eso ocurre y reconstruyes algunos fragmentos que te importan, lees en el periódico una declaración de Jaime Urrutia que hace que te interrogues sobre tu propia naturaleza:

PREGUNTA: ¿Un buen insulto?
J. URRUTIA: Cierrabares


De qué extraña manera está girando el mundo para que un tipo tan duro asegure que cierrabares es un insulto.
En la entrevista también le preguntan por su primer beso. Él responde que fue bastante lento.
No sabes si refiere a él o al beso.

03 junio 2010

NO TE ARRIMES A LA PARED

Poe, Joyce, V.Woolf, Shakespeare, M. Twain

Soy una de las paredes de la casa de Evita Duncan.

Esta noche, tras años escuchando aquello de “Ay, si las paredes de esta casa hablaran…”, he decidido recoger el guante que tan desafiante, mi inquilina viene lanzándome desde hace tres años. El tiempo que nos conocemos. El tiempo que lleva cuidándonos. Porque E. D. tiene muchísimos defectos, pero ante todo es una chica limpia. Ordenada. Curiosa. Le gusta vernos impolutas y lustrosas. No soporta los arañazos que algunos muebles, involuntaria o vengativamente, nos propinan.

E. D. disimuló un enfado con su sobrina cuando ésta me tatuó con colores chillones: LUCÍA YA ES MAYOR. En dos ocasiones recurrió a nuestro médico particular. El señor Ramón –albañil veterano que todavía guarda detrás de la oreja un lápiz de madera- se ocupa de las incómodas humedades que se adhieren a nosotras como granos humanos infectados.

E. D. llega a casa. Se le nota feliz. Acompañada. Carga con dos bolsas. En una de ella pone FNAC. Ha pasado cerca de mí. Me ha tocado levemente. Tiene las manos pequeñas y se muerde las uñas. Son manos electrizantes. Suaves.

Besan a E. D. Ella desenvuelve un paquete. Sonríe. Abraza. Ahora es ella la que besa. Viene hacia aquí y coloca cuidadosamente unas pequeñas figuras en su estantería negra de Ikea que compró hace dos meses. Desde que Bergsbo llegó a casa, E. D. la mima más que a cualquiera de nosotras.

No sé qué dirá cuando descubra que sus paredes no sólo están hablando, sino que además lo hacen en su rincón más secreto. Uno al que llama “Mídeme en letras”.

Tal vez, después de todo, le interese saber que jamás desvelaremos las ocasiones que se ha apoyado en nosotras para lamentarse por sus errores, por las traiciones, por las culpas… por el amor que se olvida, por los que no están. Todas esas veces que nos ha herido golpeándonos con su cabeza.