
Cada día te reprochas no haber aprendido nunca a hacer girar el hula-hoop. De pequeña te fascinaban esas amigas que fabricaban ondas perfectas alrededor de sus cinturas. Y casi caías en un éxtasis sagrado cuando conseguían hacerlo girar únicamente con el cuello. Recuerdas haber vencido tus ancestrales temores a visitar el circo, sólo por ver de qué extraordinaria manera las contorsionistas eslavas hacían girar diez aros a la vez en cada una de sus cuatro extremidades.
Estas convencida de que si hubieras sido capaz de hacer girar un hula-hoop en tu cintura en sólo una ocasión y durante más de un segundo, tal vez, serías una mujer más completa.
No ha sido así y tampoco existe ninguna razón para que te alarmes ahora, a tus veintisiete años.
Hoy has leído que es una auténtica mala pata que con el cabello alborotado queden bien tan pocas cosas. ¿También se referirán al hula-hoop? Hay pequeños misterios que te hacen sonreír cada día: el del hula-hoop es uno de ellos. También te preguntas dónde irán a parar, en qué remoto país habitarán todos esos calcetines que no vuelven a encontrarse con su pareja. Son rupturas que no por cotidianas dejan de ser trágicas y dolorosas. Casi tanto como la del padre y el hijo que protagonizan el último libro que has leído: “Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente.
Mantener una herida puede ser rentable desde un punto de vista artístico. Pero sólo los muy fuertes, o quienes han recibido un gran daño, aguantan toda la vida con ella abierta.
Anoche fue San Juan. Noche mágica, te dicen. A ti no te hace falta un calendario marcado en rojo porque, inmerecidamente, te suceden noches asombrosas que lo son porque nunca fueron supuestas o imaginadas.
Quizás lo del hula-hoop, finalmente, no tenga tanta importancia.
Estas convencida de que si hubieras sido capaz de hacer girar un hula-hoop en tu cintura en sólo una ocasión y durante más de un segundo, tal vez, serías una mujer más completa.
No ha sido así y tampoco existe ninguna razón para que te alarmes ahora, a tus veintisiete años.
Hoy has leído que es una auténtica mala pata que con el cabello alborotado queden bien tan pocas cosas. ¿También se referirán al hula-hoop? Hay pequeños misterios que te hacen sonreír cada día: el del hula-hoop es uno de ellos. También te preguntas dónde irán a parar, en qué remoto país habitarán todos esos calcetines que no vuelven a encontrarse con su pareja. Son rupturas que no por cotidianas dejan de ser trágicas y dolorosas. Casi tanto como la del padre y el hijo que protagonizan el último libro que has leído: “Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente.
Mantener una herida puede ser rentable desde un punto de vista artístico. Pero sólo los muy fuertes, o quienes han recibido un gran daño, aguantan toda la vida con ella abierta.
Anoche fue San Juan. Noche mágica, te dicen. A ti no te hace falta un calendario marcado en rojo porque, inmerecidamente, te suceden noches asombrosas que lo son porque nunca fueron supuestas o imaginadas.
Quizás lo del hula-hoop, finalmente, no tenga tanta importancia.




