
Sabes que nunca habrías seguido a Patti cerca de la taberna griega, ni la hubieras acompañado a la tienda de material artístico Jake’s. No hubieras devorado los sándwiches calientes de queso que tanto le gustaban. En la cama te hubieras clavado todos sus huesos. Tampoco hubieras compartido alguno de sus vicios devastadores. Sin embargo, darías cualquier cosa por seguirla ahora a robar lápices de colores y dibujar como niñas salvajes; por refugiarte en sus recovecos y guarecerte del frío de Nueva York; por leer junto a su cadavérico rostro al feroz Genet; por desentrañar -literalmente, extraer las entrañas- los textos de Roberto Bolaño. Te parece un truco de prestidigitador que la misma mujer que citaba a Hendrix (“hurra, me despierto de ayer”) ahora se empeñe en ver la inhumanidad de los personajes del escritor chileno que antes no leía nadie, y ahora lee todo el mundo. A ti te suelen conmover las personas que se conmueven con los libros de Roberto Bolaño. Obvio que ahora te hayas vuelto a preocupar por Patti Smith. (Andrés Neuman dice que muchos argentinos no dicen “Sí”. Dicen “Obvio”. Los motivos son obvios). Probablemente esta mujer debiera haber muerto hace muchos años, de cualquier cosa, de cualquier forma. Pero no. Se ha quedado. Sólo para descubrir a Bolaño y dedicarle un concierto. Después de repasar Babel, su recopilatorio de textos y poemas, te dices que Patti no era especialmente linda de ver. No era bonita. Su ropa era sucia. Rotas las camisetas, rotas las caderas, rota la voz, roto el corazón. Crack. Y darte cuenta de todas estas cosas mientras esperas tu turno en la verdulería del mercado, esa en la que únicamente compras dos lechugas batavia por un euro. Lo que no tiene precio es cómo te miró la primera vez el reponedor de alimentos. Por eso vuelves siempre. Aunque sigas preocupada por Patti Smith.





