26 mayo 2010

BABELOGA


(...) no he follado con el pasado pero he follado mucho con el futuro (...)
PATTI SMITH


Sabes que nunca habrías seguido a Patti cerca de la taberna griega, ni la hubieras acompañado a la tienda de material artístico Jake’s. No hubieras devorado los sándwiches calientes de queso que tanto le gustaban. En la cama te hubieras clavado todos sus huesos. Tampoco hubieras compartido alguno de sus vicios devastadores. Sin embargo, darías cualquier cosa por seguirla ahora a robar lápices de colores y dibujar como niñas salvajes; por refugiarte en sus recovecos y guarecerte del frío de Nueva York; por leer junto a su cadavérico rostro al feroz Genet; por desentrañar -literalmente, extraer las entrañas- los textos de Roberto Bolaño. Te parece un truco de prestidigitador que la misma mujer que citaba a Hendrix (“hurra, me despierto de ayer”) ahora se empeñe en ver la inhumanidad de los personajes del escritor chileno que antes no leía nadie, y ahora lee todo el mundo. A ti te suelen conmover las personas que se conmueven con los libros de Roberto Bolaño. Obvio que ahora te hayas vuelto a preocupar por Patti Smith. (Andrés Neuman dice que muchos argentinos no dicen “”. Dicen “Obvio”. Los motivos son obvios). Probablemente esta mujer debiera haber muerto hace muchos años, de cualquier cosa, de cualquier forma. Pero no. Se ha quedado. Sólo para descubrir a Bolaño y dedicarle un concierto. Después de repasar Babel, su recopilatorio de textos y poemas, te dices que Patti no era especialmente linda de ver. No era bonita. Su ropa era sucia. Rotas las camisetas, rotas las caderas, rota la voz, roto el corazón. Crack. Y darte cuenta de todas estas cosas mientras esperas tu turno en la verdulería del mercado, esa en la que únicamente compras dos lechugas batavia por un euro. Lo que no tiene precio es cómo te miró la primera vez el reponedor de alimentos. Por eso vuelves siempre. Aunque sigas preocupada por Patti Smith.

20 mayo 2010

MI CIRCO

" Lo cierto es que antes habría dado mi vida por ella, sencillamente, y ahora era incapaz de arreglarle una lámpara."
(EL MENOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO, Félix J. Palma)


A pesar de que La Strada de Fellini es una de tus películas favoritas, siempre has mantenido un cierto temor ante la estética circense, como si la perversidad se escondiera detrás de la nariz de un payaso diabólico, como si los malabaristas fueran a caerse en cualquier momento para romperse en pedazos inservibles, como si los huesos y músculos de las contorsionistas eslavas no importaran absolutamente a nadie: ni a sus padres, ni a sus novios… ni siquiera al director de circo, que muy posiblemente a través de un magnífico secreto, también fuera su padre o su novio.

Escribes todo esto porque estás leyendo un libro titulado “El menor espectáculo del mundo” de Félix J. Palma. Son nueve relatos que hablan del amor en descomposición. Putrefacto. Un amor que según su autor es el espectáculo más pequeño del mundo, puesto que sólo dos personas (en el mejor de los casos) son sus espectadores. También tú haces constantemente malabarismos para amar mejor. La mayoría de las veces te caes en ese precipicio filoso e incluso en algunas ocasiones has escuchado a un público desalmado que aplaude ante tus patosos tropezones amatorios.

Cuando uno lleva tiempo ensayando su número, llega alguien y lo que aplaude es precisamente que no te derrumbes, que no caigas al despeñadero de una carpa inhóspita.

Es entonces cuando eliges a esa persona.

Te has enamorado.

14 mayo 2010

BEST-SELLER

Leer un best-seller es como comerse una hamburguesa.

Después de saborear a un Tolstoi-caviardeBeluga o deleitarte con un exquisito Witold Gombrowicz-whiskyMacallan18años, esta noche has decidido comerte una hamburguesa de la que prefieres no dar el nombre por si alguna susceptiblidad resulta herida.

Estás convencida de que el 90% de los (improbables) lectores de este blog -alguna vez en su vida- han disfrutado con un whopper doble grasiento. Lo que no tienes tan claro es si lo confesarán. Te dices que si ellos lo hacen, tú lo harás.

Enciendes el iPod y suenan seguidas: Avec le temps, de Leo Ferré y Datemi un martello, de Rita Pavone. La primera te parece una de las canciones más tristes de todos los tiempos. La segunda logra excitarte siempre. Independientemente de la hora en la que suene. Pronunciando en voz alta el nombre de la cantante –Rita Pavone- se te eriza el vello tontamente.

Echas un vistazo a la foto que has incluido y recuerdas las escasas –pero vibrantes- ocasiones en las que, en la cama, le has leído en voz alta a alguien. Sabes que después de hacer el amor siempre te apetece leer a Bolaño. No sabes qué razón extraña podría explicar este comportamiento. Y esto, como no podía ser de otra manera, te asusta.


10 mayo 2010

YO LA ENSEÑÉ A BEBER

Raymond Carver y Tess Gallagher




No dispones de hojas de reclamaciones para demandar los besos que te deben; las noches de sofá que no has pasado viendo películas de culto que te esfuerzas en comprender; los libros que no has leído, subrayado ni reescrito; las copas que nunca te han puesto; los vestidos que no te han arrancado o el sujetador que te desabrocharon menos veces de las que deseaste.

No tienes nada de eso pero estás bien.

Hoy has descubierto que algunas de las frases que Raymond Carver escribió –esas oraciones minimalistas y secas que son puñetazos en el estómago- fueron retocadas por su editor: Gordon Lish cambió títulos, suprimió párrafos e incluso páginas completas a su antojo. Nunca te cayó demasiado bien ese escritor alcohólico que rompió una botella de vodka en la cabeza de su primera mujer. Y sin embargo, leer sus relatos siempre te ha hecho sentir bien. Fuerte. Poderosa.

Recuerdas una de las frases de Carver: “Por mi parte, yo la enseñé a beber”.

Recuerdas el Poema de Jane que Pablo García Casado escribió inspirándose en la frase de Carver:

él me enseñó a beber a pasar largas temporadas
en la cama a provocar la ira del vecindario a no sentir
en demasiadas cosas ningún tipo de vergüenza

con él también aprendí los gritos el miedo los fracasos
el olor a colonia de otros cuerpos y una frase:
cualquier forma de amor conlleva desperdicio

después de luís no me supo tan amarga la cerveza




Vuelves a darte cuenta de que la realidad es tan pavorosa como la literatura, ese suavizante que te convierte en la chica dúctil, manejable y dócil que los demás creen ver en ti.

04 mayo 2010

MI METAMORFOSIS DESPUÉS DE KAFKA

(Metamorphisis after Kafka, 2002. PAULA REGO)

Esta mañana te has despertado algo sobresaltada. Sudada. En cuanto has tomado conciencia matinal y tu perra te ha lamido la cara como si fueras un helado de chocolate, te has preguntado: ¿alguien sabe si realmente Gregor Samsa era una cucaracha o un escarabajo? Te has levantado y has arqueado tu espalda hasta escuchar los minúsculos cracs de tus vértebras.

Crac, crac, crac, crac, crac.

Dudas de si alguno de ellos, en realidad, no provenía del corazón. No te extrañaría.

Has mirado por la ventana y has comprobado que el invierno sigue paseándose por las calles de Barcelona. Al contrario de algunas personas, a ti no te importa que vuelva el frío. Si dependiera de tu temperatura, los doce meses serían de invierno ruso. Nieve.

Te preparas un café y te vuelves a preguntar: ¿Gregor Samsa era un escarabajo o una cucaracha? Recuerdas un libro que leíste hace poco sobre August Tercero Foer, el excéntrico primer microrrelatista de la literatura española.

August Tercero Foer estaba perdidamente enamorado de Dulce Aragón. Ella era muy aficionada a coleccionar insectos. Tenía una amplía selección de escarabajos que no se llevó consigo la primera vez que abandonó a Foer. August, desolado por la pérdida y tratando de castigarla a ella y a sí mismo, se comió todos los insectos uno a uno acompañados de un par de litros de vino blanco.

Piensas: ¿Y si August Tercero Foer se hubiera comido a Gregor Samsa?

Notas que el café se ha quedado helado tras tanta divagación lunática. Aún así, te lo bebes de un trago e intentas apartar de tus pensamientos a los insectos de Foer y de Kafka. Intentas centrarte únicamente en el invierno ruso de Barcelona, en los rostros tristes de las chicas que pasean por tu calle. Ellas, que hace una semana habían estrenado los primeros escotes de la primavera...

Echas un vistazo al libro que acaban de enviarte: “El oficinista” de Guillermo Saccomanno. Crees que algún ciudadano ruso ha debido entrar en tu casa durante la noche y ahora te está gastando una broma pesada. De otra manera no concibes la casualidad de abrir la primera página y leer:

Una experiencia que, por su exceso de soledad, sólo puede llamarse rusa” (FRANZ KAFKA, Diarios)

¿Será mi mañana de este martes una experiencia rusa, de soledad rusa, de soledad kafkianamente rusa?

¡Qué solos los insectos del mundo!

¡Qué solos los locos del mundo que se creen escarabajos o cucarachas!

¡Qué solo Gregor Samsa!

Con movimientos lentos y tristes consultas el periódico online. Lees que la mancha de petróleo de EEUU tiene la misma extensión que la Comunidad de Madrid. Lees que el domador de circo Ángel Cristo ha muerto. A ti te da más pena lo del petróleo que está poniendo el Golfo de México perdido, que la muerte de un señor que mantenía en jaulas –y en huelgas de hambre forzosas- a animales salvajes.

¿Y si también tú estuvieras sufriendo una metamorfosis?

¿Estarás dejando de ser humana?

¿Una cucaracha?

¿Un escarabajo?