" Me agota ver a la gente: me exalta interiormente, veo misterios en algunas mujeres y detectives en algunos hombres."
Desde hace algunos años coleccionas suplementos literarios. Ya sabes que es una labor inútil. Un sinsentido. Un despropósito. No sirve para nada, pero tú los coleccionas. El sábado abriste BABELIA por la página doce y leíste: "Clavados en la historia con un alfiler, como mariposas raras, los artistas de aura oscura y muerte temprana siguen irradiando su luz." Te fijas en un nombre: Pedro Casariego Córdoba. Te suena ese nombre. Lees: "(...) la suprema maldición que es morir sin haber llegado a publicar o matarse para no tener que escribir más." Levantas la vista del periódico, das un sorbo a tu té pakistanés (¿o es pakistaní?) y te diriges -no sin cierto temblor- a tu pequeña pero selecta biblioteca. Efectivamente allí está.

Los que han sufrido mucho (y los cínicos, que a veces lo son de tanto surfir) dicen que se empieza por hacer el amor y se acaba por hacer café... (p.18)
A veces tengo el suicidio tan cerca que lo llamo miicidio para divertirme. (p.42)
Tus caderas y otras estrellas. (p.61)
Cuaderno verde. Como el 10% de tus ojos. (p.59)
Nos conocemos tan mal que nuestro mejor autorretrato siempre lo hace otro. (p.76)
He tosido y hay saliva mía en esta página. El amor es de saliva y la soledad de agua. (p.96)
Un escritor en cuatro colores. Una declaración de amor a Ana como un juego de mesa. Piensas la razón por la que te gustan tanto las cosas pequeñas. Las invisibles. Las que ni siquiera han nacido. Tienes nostalgia de la nada. Llorarías por Pedro Casariego Córdoba. Por su muerte. Por su amor de muerte. Como no puedes llorar, te pides un batido de fresa en un bar del barrio de Gràcia. Vienes algo cansada de la librería Taïfa donde pretendías hacerte con tu ración mensual de libros viejos. No has podido. Y lo que es peor: un mosquito escondido en un libro de Jane Bowles ha salido disparado directamente hacia tu ojo derecho. Has lanzado un breve y tímido grito.
Ah.
Te has frotado el ojo. Se ha caído el libro. Cuando te has agachado para recogerlo, los cascos del iPod han tocado el suelo y un señor casi los pisa. Realmente, lo que ha pisado han sido tres de tus dedos. Te ha entrado el calor y la vergüenza. Has salido a la calle Verdi bastante apurada. Te has metido en el primer bar decente que has encontrado. Y ahora aquí estás: en la mesa de niña pequeña que te han asignado, bebiendo un batido de fresa casero y preguntándote por qué demonios un post que debería homenajear a Pedro Córdoba Casariego y todos esos malditos adorables de la literatura universal, se ha convertido en la manifestación más bochornosa de cómo la literatura no mata, pero sí puede llegar a herirte muy peligrosamente.




