
"No tomará ni un trago, aguantará estoico. Sin embargo, no hay un solo día en que no le asalte una indefinible nostalgia de las noches de otros tiempos, cuando salía a cenar con sus autores. Cenas inolvidables con Hrabal, Amis, Michon… Qué grandes bebedores son los escritores."
(DUBLINESCA, Enrique Vila-Matas, pág. 59)
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La otra noche la pasé con Samuel Riba –el editor que se ha inventado Vila-Matas para protagonizar su nueva novela- y una copa del whisky Glenrothes. Hay una parte importante del libro dedicada a estos fabuladores que se reunían en tugurios asombrosos para beber los mejores licores en las noches inmensas y profundas de ciudades caníbales que arrancan el alma sin que te des cuenta. Absenta, whisky, vino, bourbon, cognac… bebidas de hombres que encandilan a mujeres. Aunque no es lo único. Hemingway, Joyce, Faulkner, Chandler, Kerouac, London … grandes bebedores y grandes borrachos –convendría diferenciar-.
Alguien me dijo ayer: “Hay quien cree que los románticos son débiles”. Yo creo que los escritores que nunca escriben a propósito del amor en sus libros son los más románticos de todos. Son los escritores que beben desvergonzadamente sin dejar de mirar a los ojos, aunque sean unos tímidos empedernidos. Son los escritores románticos los que pudorosamente envasan sus besos al vacío.
Por eso, aunque el Henry de “Adiós a las armas” sea un grandioso bebedor –durante las 315 páginas del libro bebe grappa, strega, marsala de capri, chianti, vermut o kummel- no soporto esos diálogos pegajosos y almibarados con la enfermera Catherine:
- Llueve mucho.
- Dime: ¿me amarás siempre?
- Sí.
- ¿Siempre te importará igual que llueva?
- No.
- Mejor, porque la lluvia me da miedo.
- ¿Por qué?
- No lo sé, querido. Siempre he tenido miedo de la lluvia.
- A mí me gusta.
- Me gusta pasear cuando llueve. Pero no es bueno para el amor.
- A pesar de todo, te quiero.
- Yo te quiero cuando llueve, cuando nieva, cuando graniza, y ¿qué más?
- No lo sé. Me parece que tengo sueño.
- Entonces duerme, querido, y te amaré de cualquier manera.
- ¿De verdad tienes miedo a la lluvia?
- Cuando estoy contigo, no.
Porque una cosa es ser un escritor romántico o un tierno bebedor y otra muy distinta permitir que una cantidad obscena de palabras azucaradas salgan de tu boca, pretendiendo salir indemne de ellas, sin una sola caries que destroce tu boca.
Alguien me dijo ayer: “Hay quien cree que los románticos son débiles”. Yo creo que los escritores que nunca escriben a propósito del amor en sus libros son los más románticos de todos. Son los escritores que beben desvergonzadamente sin dejar de mirar a los ojos, aunque sean unos tímidos empedernidos. Son los escritores románticos los que pudorosamente envasan sus besos al vacío.
Por eso, aunque el Henry de “Adiós a las armas” sea un grandioso bebedor –durante las 315 páginas del libro bebe grappa, strega, marsala de capri, chianti, vermut o kummel- no soporto esos diálogos pegajosos y almibarados con la enfermera Catherine:
- Llueve mucho.
- Dime: ¿me amarás siempre?
- Sí.
- ¿Siempre te importará igual que llueva?
- No.
- Mejor, porque la lluvia me da miedo.
- ¿Por qué?
- No lo sé, querido. Siempre he tenido miedo de la lluvia.
- A mí me gusta.
- Me gusta pasear cuando llueve. Pero no es bueno para el amor.
- A pesar de todo, te quiero.
- Yo te quiero cuando llueve, cuando nieva, cuando graniza, y ¿qué más?
- No lo sé. Me parece que tengo sueño.
- Entonces duerme, querido, y te amaré de cualquier manera.
- ¿De verdad tienes miedo a la lluvia?
- Cuando estoy contigo, no.
Porque una cosa es ser un escritor romántico o un tierno bebedor y otra muy distinta permitir que una cantidad obscena de palabras azucaradas salgan de tu boca, pretendiendo salir indemne de ellas, sin una sola caries que destroce tu boca.



