30 marzo 2010

LOS ROMÁNTICOS NO SOMOS DÉBILES


"No tomará ni un trago, aguantará estoico. Sin embargo, no hay un solo día en que no le asalte una indefinible nostalgia de las noches de otros tiempos, cuando salía a cenar con sus autores. Cenas inolvidables con Hrabal, Amis, Michon… Qué grandes bebedores son los escritores."
(DUBLINESCA, Enrique Vila-Matas, pág. 59)
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La otra noche la pasé con Samuel Riba –el editor que se ha inventado Vila-Matas para protagonizar su nueva novela- y una copa del whisky Glenrothes. Hay una parte importante del libro dedicada a estos fabuladores que se reunían en tugurios asombrosos para beber los mejores licores en las noches inmensas y profundas de ciudades caníbales que arrancan el alma sin que te des cuenta. Absenta, whisky, vino, bourbon, cognac… bebidas de hombres que encandilan a mujeres. Aunque no es lo único. Hemingway, Joyce, Faulkner, Chandler, Kerouac, London … grandes bebedores y grandes borrachos –convendría diferenciar-.

Alguien me dijo ayer: “Hay quien cree que los románticos son débiles”. Yo creo que los escritores que nunca escriben a propósito del amor en sus libros son los más románticos de todos. Son los escritores que beben desvergonzadamente sin dejar de mirar a los ojos, aunque sean unos tímidos empedernidos. Son los escritores románticos los que pudorosamente envasan sus besos al vacío.

Por eso, aunque el Henry de “Adiós a las armas” sea un grandioso bebedor –durante las 315 páginas del libro bebe grappa, strega, marsala de capri, chianti, vermut o kummel- no soporto esos diálogos pegajosos y almibarados con la enfermera Catherine:

- Llueve mucho.
- Dime: ¿me amarás siempre?
- Sí.
- ¿Siempre te importará igual que llueva?
- No.
- Mejor, porque la lluvia me da miedo.
- ¿Por qué?
- No lo sé, querido. Siempre he tenido miedo de la lluvia.
- A mí me gusta.
- Me gusta pasear cuando llueve. Pero no es bueno para el amor.
- A pesar de todo, te quiero.
- Yo te quiero cuando llueve, cuando nieva, cuando graniza, y ¿qué más?
- No lo sé. Me parece que tengo sueño.
- Entonces duerme, querido, y te amaré de cualquier manera.
- ¿De verdad tienes miedo a la lluvia?
- Cuando estoy contigo, no.


Porque una cosa es ser un escritor romántico o un tierno bebedor y otra muy distinta permitir que una cantidad obscena de palabras azucaradas salgan de tu boca, pretendiendo salir indemne de ellas, sin una sola caries que destroce tu boca.

25 marzo 2010

YUKIO MISHIMA: DE AMOR Y HORROR


¿Qué razones ocultas y mortificantes debe tener uno para matarse de la forma más dolorosa y escandalosa posible? Porque lo normal es morir de modo silencioso, tímido y contenido. Si no hemos logrado ser discretos en vida, sí intentamos al menos hacerlo en el momento de la muerte: algunos en la cama del hospital con las cortinas corridas, otros suicidándose en la soledad de su habitación o despacho.

Me pregunto todo esto después de ver un documental sobre el escritor Yukio Mishima dirigido por Paul Scharader en 1985. De los tres libros que he leído de Mishima he salido con la sensación de que una mezcla explosiva de amor y horror debían ocupar la tinta de su pluma.

Yukio Mishima se quitó la vida el 25 de noviembre de 1970 a través del seppuku, un rito similar al harakiri pero con decapitación final. Fue precisamente en esta parte final donde yo encontré lo más conmovedor de su muerte. La decapitación de Mishima fue encargada al soldado Masakatsu Morita, que seguramente fue su amante. Quizás por esa terrorífica misión de tener que matar al ser que más amaba, Morita, tras tres intentos fallidos, tuvo que ceder su misión a Hiroyasu Koga que acabó el trabajo. Instantes después, Morita también fue decapitado por Koga.

El enigma acompaña a la muerte de Mishima: ¿por qué decidió morir de este modo atroz? Quizás fuera su fascinación por los samuráis o por lo erótico que le parecía morir violentamente, no sé. Yo creo, sin embargo, que lo que de verdad le hipnotizaba a Mishima era el cuerpo. En 1967 escribió en “Sol y acero”: “Enfrentarse a la muerte con un cuerpo débil y fofo me parecía una inconveniencia absurda”. Y decidió hacer realidad esta frase: durante los últimos quince años de su vida, Mishima practicó entrenamiento con pesas y nunca interrumpió su régimen de entrenamiento de tres sesiones semanales.

Resulta difícil de entender, pero el genial escritor Yukio Mishima se dedicó a moldear su cuerpo para después destrozarlo con sus propias manos.

18 marzo 2010

LOS DÍAS ENTRE PARÉNTESIS


- A mí me pareció que yo podía protegerte. No digas nada. En seguida me di cuenta de que no me necesitabas. Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para hacer sonatas.

(LA MAGA, Rayuela, Cap. 20)
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Parece que sí, que es cierto, que La Maga sigue viva en Londres y tiene 82 años. Yo no lo sabía, pero tampoco se llama Lucía, sino Edith Aron y además sigue enfadada con Cortázar porque no le dejó traducir al alemán algunos cuentos suyos.

Para vengarse quizás, Edith se convirtió en traductora y escritora. Sí, esa Maga de la que Oliveira decía que era insensato querer explicarle algo. Aunque también decía que La Maga olía a algas frescas, arrancadas de la última ola del día.

La historia de Aron y Cortázar está llena de casualidades, como las verdaderas historias de amor. Ellos habían venido juntos en el barco de Buenos Aires a Paris. Allí mismo, a ella le llamó la atención ese chico tan alto que hablaba con una erre especial. En el salón de tercera, Julio tocaba tangos. A punto estuvieron de hablar durante una de las cenas del barco en la que una italiana le dijo a Edith que se sentara en su mesa (en la que, casualmente, también estaba Cortázar). Edith (mejor dicho, La Maga) rechazó la oferta porque en su mesa había un viejo jubilado que le daba lástima. Sólo La Maga hace esas cosas.

Ya en París, Edith tenía que dejar un recado en una librería de Saint-Germain y allí fuera volvió a encontrarse con Julio.

Más tarde, se encontraron en el cine cuando fueron a ver “Juana de Arco” y después en los jardines de Luxemburgo. Allí le invitó a tomar un café y le regalo un poema titulado “Los días entre paréntesis” que Edith perdió en una de sus mudanzas.

Julio se fue pero volvió en 1951 y ya entonces empezaron a salir. Pero Julio seguía enamorado de Aurora Bernárdez (¿quizás sería Pola?) Y se decidió por ella. Tenían miedo, Julio y Edith digo. Y es normal. Cortázar le escribió una nota a su Maga que decía: “A lo mejor nos encontramos la segunda vez…” Pero no hubo esa vez porque al volver en 1979, Julio estaba desorientado, estaba buscando a Aurora otra vez.

Cortázar no era Oliveira. Cortázar era todos: Oliveira, Gregorovius, Etienne, Ronald… Todos menos el niño, el bebé Rocamadour. Cuando Julio conoció a Edith, la llamaba Madur. Ella dice que ese niño es la muerte del amor entre La Maga y Horacio. Cuando él deja de querer a La Maga, el niño se muere.

Escribo todo esto no sé bien por qué. Pero pienso en tantas cosas… por ejemplo, que algunos somos muy afortunados porque tenemos nuestra Maga particular y no la cambiamos por la del libro. También pienso que los mejores días son entre paréntesis, cuando una tarde de cine o una siesta se convierten en el entierro del paraguas de La Maga. Por eso, ¿cómo Oliveira pudo dejar de querer un día a La Maga? ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo se consigue eso?

01 marzo 2010

YO HUBIERA AMADO A LUCIA JOYCE

Tengo una atracción irrefrenable hacia las mujeres desequilibradas. Muy especialmente si están relacionadas con escritores. Ahí está Jenny Marx o Zelda Seyre. Dos mujeres brillantes que fueron succionadas por el genio de sus hombres.

Ella se llamaba Lucia y era la hija loca de James Joyce. La descubrí ayer, escondida en un recorte muy pequeño del anexo de un suplemento del periódico del domingo. Es decir, era casi invisible.

Lucia Joyce pudo ser una excelente bailarina. Llegó incluso a recibir clases de Raymond Duncan, hermano de la famosa Isadora Duncan, una de las bailarinas que revolucionó los felices años 20 y que murió ahogada por su frágil pañuelo de seda cuando conducía en su descapotable.

Lucia también era bizca. Esto no tendría demasiada importancia si no fuera porque a ella le supuso un auténtico trauma, que incluso le repercutió a la hora de que el escritor Samuel Beckett le diera calabazas.

Pobre Lucia.

Desde el día de su nacimiento, todo le salió mal: su madre dio a luz en una sala de hospital destinada a atender a mendigos…

La esquizofrenia de Lucia es triste, como todas las locuras. Provocada, además, por un suceso terrible: la relación incestuosa con su padre, el autor del Ulises. Lucia no podía soportar tanto amor y en el 50º cumpleaños de su padre, cuando sólo tenía 25 años, se levantó con la furia de los celos y le arrojó una silla a la cabeza de su madre. Inmediatamente fue internada en el sanatorio mental de St. Andrew y allí permaneció hasta los 75 años.

Algunos cuentan que Anna Livia Plurabelle, la protagonista de la última obra de Joyce – Finnegan´s Wake, quizás la más inabordable de la historia de la literatura mundial- está basada en Lucia. Un testigo recordó haber visto a Joyce escribiendo Finnegan´s Wake mientras su hija bailaba en silencio al fondo de la habitación. Otros escritores de la época que pudieron acceder a la casa de Joyce, relatan que padre e hija podían comunicarse con una voz secreta y extrañísima que es exactamente igual a la de los insólitos ritos verbales de Finnegan´s Wake.

En una ocasión, Nora, la esposa de Joyce, habló con su hija en el sanatorio y le preguntó si quería que su padre la visitara después de tantos años sin saber nada de ella. Lucia, en el grado máximo de su delirio le respondió: “Dile que soy un crucigrama y que si no le importa ver a un crucigrama, puede venir”.

Ésa era Lucia Joyce, la hija loca de James Joyce, una de las chicas más tristes del sanatorio de St. Andrew. Alguien con quien no me hubiera importado hacer el amor. Alguien a quien yo hubiera amado.