
Con los pies desnudos piensas mejor. Creías que lo sabías todo. No te equivocabas: lo sabías todo. El problema es que lo sabías mal. Rematadamente mal.
Las palabras –esas a las que te aferras cuando lees o escribes- son inmundicia. Se dicen mal, se entienden peor, se utilizan demasiado o simplemente no nacen cuando debieran.
Mientras escuchas a Chet Baker sola en casa, imaginas cómo será ese viaje que estás a punto de emprender a New York. Estás temerosa, no lo niegas. Por eso lees un verso de García Casado que te reconforta: “estar en las afueras es también estar dentro”. Piensas que es un verso verdadero. Como ese otro poema con aroma a París, Texas: "por qué travis qué hay detrás de esa oscura pregunta / qué tuvo que pasar qué clase de química por qué / la huelga en el sector metalúrgico por qué el atasco / por qué llegaron rendidos y aún así se besaron / como si mi vida les fuera en ello". Recuerdas esa película por la mítica escena del Peep Show en el que una bella Natassja Kinski reconoce al antiguo –casi anciano- amor de su vida, Travis.
Menudo tipo frágil aquel Travis. Reivindicas en secreto la fragilidad de Travis. Nunca su debilidad. Porque Travis es de esas personas que no se quejan. No es un blando ni un ñoño.
Tú también, como Travis, hubieras perdido la cabeza por Natassja.
Tú también, como Natassja, te hubieras enamorado de Travis.
Te reconoces en Travis por esa tristeza que tan pocos entienden correctamente.
Te reconoces en Natassja porque escucha la voz de su antiguo amor y distingue su dolor.
Así que aquí estás, pensando en si te cortas el pelo esta tarde; en si el jazz en New York sonará mejor que en tu habitación; en los poemas premonitorios de García Casado; en Travis y su dignidad; en si para volver a llamar su atención tendrás que hacer como el poeta loco Ezra Pound y comerte todos los tulipanes de la mesa hasta que finalmente reclames su mirada.
