03 julio 2010

SOY UNA RUSA

LEÓN TOLSTOI y SOFÍA ANDRÉIEVNA TOLSTAIA

¡Jabalí, jabalí, jabalí! – la escuchas desde la habitación.

Empieza por J –dice el joven presentador del concurso-.
Mamífero paquidermo, bastante común en los montes de España, que es la variedad salvaje del cerdo.

¡Jabalí, jabalí, jabalí!

Sonríes desde la habitación y piensas que un día deberían darle algún premio a ella, la valiente que se enfrenta cada tarde al rosco del concurso de las palabras. Con más valentía que la de aquel seductor que inició una huelga de besos por haberse enamorado.

Escuchas su voz en el comedor mientras lees en la habitación:

Hay palabras que se pueden coger con las manos. Y algunas se pueden llegar a oler… Por ejemplo: “sartén”. No me gusta decir “sartén”, porque siempre que lo hago la habitación se llena del humo que desprende el aceite.

Lo dice Susanna, la protagonista del libro de Gertrud Kolmar que Errata Naturae acaba de publicar con una preciosa
ilustración de David Sánchez en su portada.

Tras leer las palabras de Susanna, te das cuenta de que un denso olor a carne braseada ha inundado la habitación en la que lees. Como si después de que ella le gritara “jabalí” al presentador de Telecinco, la casa hubiera sido ocupada por habitantes de una aldea de la Galia a punto de comenzar su banquete.

En realidad, si pudieras aprender un idioma, no sería el galo sino el ruso. De hecho, estás convencida que de tanto leer a Tolstoi, te has vuelto una rusa. Has aprendido únicamente tres palabras:

любовь, вино, книги.

Amor, vino, libros.

La intensidad rusa. Las mujeres rusas. Rusa como Sofia Tolstaia, la mujer de León, que en una pequeña habitación pasó incalculables inviernos copiando en limpio las novelas de su marido. La madre rusa de Tolstoi que dió a luz a sus cinco hijos en un diván de cuero negro, como si además de parir estuviera asistiendo a una sesión psicoanalítica. El amor ruso. El frío ruso. El frío amor ruso que secciona todo lo que toca, de la misma forma que el viento ruso parece contener unas minúsculas cuchillas que te cortan los labios.

Amor ruso como el de Viktor Shklovski y Elsa Triolet en el Berlín de los años 20. Lo último que Viktor esperaba durante su exilio alemán era enamorarse. Sin embargo, lo hizo. Elsa no le ama, pero es su amiga. Él quiere escribirle pero ella le prohíbe que esas cartas sean de amor. Así que él le escribe una carta cada día. Va a su casa, se la entrega en mano y espera paciente -
valiente- en una silla a que acabe de leerla.

NOVENA CARTA

Me has dado dos encargos:
1) No telefonearte. 2) No verte.
Así que ahora soy un hombre ocupado.
Hay un tercer encargo: no pensar en ti. Pero ese no me lo has confiado.


Te vas a dormir no sin antes proponerte dos encargos a lo Shklovski:


1) No convertirte nunca en una cobarde Elsa Triolet a la que le asuste que le escriban de amor.
2) No dejar nunca de ser una rusa, después de todo lo que te ha costado.