10 mayo 2010

YO LA ENSEÑÉ A BEBER

Raymond Carver y Tess Gallagher




No dispones de hojas de reclamaciones para demandar los besos que te deben; las noches de sofá que no has pasado viendo películas de culto que te esfuerzas en comprender; los libros que no has leído, subrayado ni reescrito; las copas que nunca te han puesto; los vestidos que no te han arrancado o el sujetador que te desabrocharon menos veces de las que deseaste.

No tienes nada de eso pero estás bien.

Hoy has descubierto que algunas de las frases que Raymond Carver escribió –esas oraciones minimalistas y secas que son puñetazos en el estómago- fueron retocadas por su editor: Gordon Lish cambió títulos, suprimió párrafos e incluso páginas completas a su antojo. Nunca te cayó demasiado bien ese escritor alcohólico que rompió una botella de vodka en la cabeza de su primera mujer. Y sin embargo, leer sus relatos siempre te ha hecho sentir bien. Fuerte. Poderosa.

Recuerdas una de las frases de Carver: “Por mi parte, yo la enseñé a beber”.

Recuerdas el Poema de Jane que Pablo García Casado escribió inspirándose en la frase de Carver:

él me enseñó a beber a pasar largas temporadas
en la cama a provocar la ira del vecindario a no sentir
en demasiadas cosas ningún tipo de vergüenza

con él también aprendí los gritos el miedo los fracasos
el olor a colonia de otros cuerpos y una frase:
cualquier forma de amor conlleva desperdicio

después de luís no me supo tan amarga la cerveza




Vuelves a darte cuenta de que la realidad es tan pavorosa como la literatura, ese suavizante que te convierte en la chica dúctil, manejable y dócil que los demás creen ver en ti.