Tengo una atracción irrefrenable hacia las mujeres desequilibradas. Muy especialmente si están relacionadas con escritores. Ahí está Jenny Marx o Zelda Seyre. Dos mujeres brillantes que fueron succionadas por el genio de sus hombres.
Ella se llamaba Lucia y era la hija loca de James Joyce. La descubrí ayer, escondida en un recorte muy pequeño del anexo de un suplemento del periódico del domingo. Es decir, era casi invisible.
Lucia Joyce pudo ser una excelente bailarina. Llegó incluso a recibir clases de Raymond Duncan, hermano de la famosa Isadora Duncan, una de las bailarinas que revolucionó los felices años 20 y que murió ahogada por su frágil pañuelo de seda cuando conducía en su descapotable.
Lucia también era bizca. Esto no tendría demasiada importancia si no fuera porque a ella le supuso un auténtico trauma, que incluso le repercutió a la hora de que el escritor Samuel Beckett le diera calabazas.
Pobre Lucia.
Desde el día de su nacimiento, todo le salió mal: su madre dio a luz en una sala de hospital destinada a atender a mendigos…
La esquizofrenia de Lucia es triste, como todas las locuras. Provocada, además, por un suceso terrible: la relación incestuosa con su padre, el autor del Ulises. Lucia no podía soportar tanto amor y en el 50º cumpleaños de su padre, cuando sólo tenía 25 años, se levantó con la furia de los celos y le arrojó una silla a la cabeza de su madre. Inmediatamente fue internada en el sanatorio mental de St. Andrew y allí permaneció hasta los 75 años.
Algunos cuentan que Anna Livia Plurabelle, la protagonista de la última obra de Joyce – Finnegan´s Wake, quizás la más inabordable de la historia de la literatura mundial- está basada en Lucia. Un testigo recordó haber visto a Joyce escribiendo Finnegan´s Wake mientras su hija bailaba en silencio al fondo de la habitación. Otros escritores de la época que pudieron acceder a la casa de Joyce, relatan que padre e hija podían comunicarse con una voz secreta y extrañísima que es exactamente igual a la de los insólitos ritos verbales de Finnegan´s Wake.
En una ocasión, Nora, la esposa de Joyce, habló con su hija en el sanatorio y le preguntó si quería que su padre la visitara después de tantos años sin saber nada de ella. Lucia, en el grado máximo de su delirio le respondió: “Dile que soy un crucigrama y que si no le importa ver a un crucigrama, puede venir”.
Ésa era Lucia Joyce, la hija loca de James Joyce, una de las chicas más tristes del sanatorio de St. Andrew. Alguien con quien no me hubiera importado hacer el amor. Alguien a quien yo hubiera amado.
Ella se llamaba Lucia y era la hija loca de James Joyce. La descubrí ayer, escondida en un recorte muy pequeño del anexo de un suplemento del periódico del domingo. Es decir, era casi invisible.
Lucia Joyce pudo ser una excelente bailarina. Llegó incluso a recibir clases de Raymond Duncan, hermano de la famosa Isadora Duncan, una de las bailarinas que revolucionó los felices años 20 y que murió ahogada por su frágil pañuelo de seda cuando conducía en su descapotable.
Lucia también era bizca. Esto no tendría demasiada importancia si no fuera porque a ella le supuso un auténtico trauma, que incluso le repercutió a la hora de que el escritor Samuel Beckett le diera calabazas.
Pobre Lucia.
Desde el día de su nacimiento, todo le salió mal: su madre dio a luz en una sala de hospital destinada a atender a mendigos…
La esquizofrenia de Lucia es triste, como todas las locuras. Provocada, además, por un suceso terrible: la relación incestuosa con su padre, el autor del Ulises. Lucia no podía soportar tanto amor y en el 50º cumpleaños de su padre, cuando sólo tenía 25 años, se levantó con la furia de los celos y le arrojó una silla a la cabeza de su madre. Inmediatamente fue internada en el sanatorio mental de St. Andrew y allí permaneció hasta los 75 años.
Algunos cuentan que Anna Livia Plurabelle, la protagonista de la última obra de Joyce – Finnegan´s Wake, quizás la más inabordable de la historia de la literatura mundial- está basada en Lucia. Un testigo recordó haber visto a Joyce escribiendo Finnegan´s Wake mientras su hija bailaba en silencio al fondo de la habitación. Otros escritores de la época que pudieron acceder a la casa de Joyce, relatan que padre e hija podían comunicarse con una voz secreta y extrañísima que es exactamente igual a la de los insólitos ritos verbales de Finnegan´s Wake.
En una ocasión, Nora, la esposa de Joyce, habló con su hija en el sanatorio y le preguntó si quería que su padre la visitara después de tantos años sin saber nada de ella. Lucia, en el grado máximo de su delirio le respondió: “Dile que soy un crucigrama y que si no le importa ver a un crucigrama, puede venir”.
Ésa era Lucia Joyce, la hija loca de James Joyce, una de las chicas más tristes del sanatorio de St. Andrew. Alguien con quien no me hubiera importado hacer el amor. Alguien a quien yo hubiera amado.

